Montes comunales y montes de propios, la antesala de la desamortización

Los bienes comunales o de aprovechamiento común surgen como tales en los primeros años de nuestra historia medieval.

El avance de la Reconquista, y el consiguiente fenómeno repoblador de las tierras baldías, determina que los grupos humanos asentados en los territorios repoblados aprovechen, para hacer posible su subsistencia, las tierras, montes y bosques del entorno del lugar en el que habitan. El «común de los vecinos» aprovecha sus productos naturales, procede a su administración y al reparto de sus provechos entre los miembros de las comunidades vecinales.

Con el paso del tiempo, y a costa de los bienes de uso común, los habitantes de estos núcleos repoblados pasan a convertirse en propietarios de determinadas parcelas de tierra. Para ello se instituyen dos mecanismos mediante la institución de la «pressura» y el «escalio», entendida la «pressura» como ocupación por la simple posesión y el «escalio» como la ocupación por roturación para puesta en cultivo. Así, por la simple posesión (u okupación, como diríamos hoy en día) de los terrenos de uso común, comienza a avanzar el concepto de terreno privado mas allá de los señoríos y realengos.

De esta manera, ya en los primeros siglos medievales quedan delimitados dos tipos distintos de bienes: los de uso o aprovechamiento común de los vecinos cuyo disfrute y administración corresponde al «común de los vecinos», y los bienes de propiedad privada que pertenecen a los particulares en virtud de la aplicación de los principios jurídicos de la época.

A partir de los siglos centrales de la Edad Media, coincidiendo con la recepción en nuestro país del derecho común y con la institucionalización de los concejos cerrados o regimientos, esos bienes de aprovechamiento común comienzan a ser administrados por los órganos rectores de las villas y ciudades, sin que ello suponga que los vecinos pierdan los derechos de uso y disfrute que tenían sobre los mismos, pero distanciándolos de aquellos.

Los concejos de la Alta Edad Media deben ser entendidos como una comunidad o conjunto de vecinos, es decir, como una universalidad de individuos. Sin embargo, a partir del momento de la recepción del derecho común, entre esa comunidad de vecinos y sus propiedades colectivas se interpone el municipio, entendido no ya como un conjunto de vecinos, sino como una entidad independiente, dotada de su propia configuración administrativa.

Si bien originariamente la mayor parte de las tierras concejiles o municipales son de aprovechamiento común, ello no obsta para que los órganos rectores de las comunidades vecinales den en arrendamiento a particulares los aprovechamientos de tales bienes, sufragando así os gastos del concejo mediante las rentas procedentes del aprovechamiento de estos montes de aprovechamiento común, convertidos ahora en bienes de propios

La posibilidad originaria de transformar bienes comunales en bienes de propios se recoge sucintamente en la propia legislación de la época: «Mandamos, que agora, y de aquí adelante, todos los monte… que han seydo, y fueren restituidos a las ciudades, villas y lugares…, y que los otros montes que no fueren tan grandes que se puedan aprovechar para bellota, y para guarecer los ganados de invierno, y todos ellos, y los otros términos queden para el pasto común de los ganados, y las viñas, y las huertas y edificios que se puedan arrendar para propios de concejo» (N.R., VII,. VU, 7. Recopilación de las leyes destos reyhos hecha por mandado…, Madrid, 1640, ed. facsímil, Valladolid, 1982).

Con la aparición del nuevo concepto de «bienes de .propios» se imita y restringe la extensión y el concepto de «bienes de aprovechamiento común» o «comunales». Los medios a través de los cuales llegan a ser considerados determinados bienes como de propios son diversos.. En ocasiones, el origen se encuentra en las donaciones hechas por los monarcas a las ciudades después de su conquista (todo terreno sin “propietario” reconocido se entendía perteneciente al rey), mientras que otras veces son los mismos concejos los que proceden a la compra de bienes o convierten en propios algunos terrenos de uso comunal.

Las rentas obtenidas con estos bienes se destinan a fines de muy distinto alcance: inversiones en obras públicas, retribución de oficiales leales al rey enviados a los concejos o a miembros integrantes de los mismos…

Así, propios se refiere a los bienes inmuebles susceptibles de proporcionar renta al concejo detentando éste su titularidad y sin que se encuentren destinados al uso colectivo de los vecinos.

Teniendo en cuenta que los bienes de propios son también bienes comunes de los vecinos, a partir de la consolidación del concepto de bienes de propios, las expresiones «bienes comunales» o «bienes de aprovechamiento comunal» se restringen para hacer referencia únicamente a aquellos bienes comunes que pueden ser utilizados directamente por los vecinos.

Sobre estos «bienes de propios», que constituyen el patrimonio de los pueblos, los vecinos aparecen como titulares de los mismos en tanto que pertenecen al común; son, por tanto, bienes comunes pero, a diferencia de los comunales, no son utilizados directamente por los vecinos de forma gratuita. Los concejos administran sus rentas y frutos, pero no pueden enajenarlos, ni empeñarlos, ni darlos a censo sin licencia del monarca. La forma de explotación de estos bienes se realiza bien mediante la explotación directa por parte del vecindario a cambio de una renta, bien mediante el arrendamiento a particulares.

A diferencia de los bienes de propios, los comunales son aquellos bienes propiedad del concejo o colectividad de vecinos, que se encuentran destinados al aprovechamiento directo, personal y gratuito de los vecinos y que los Ayuntamientos como regla no pueden convertir en fuente de renta. Dentro de estos bienes comunales es posible singularizar los bienes baldíos, que ni se pueden labrar, ni vender ni enajenar, y tienen que estar destinados al uso común de los vecinos directamente.

De acuerdo con el Derecho germánico, se otorgaba al Príncipe la propiedad de los bienes sin dueño, por lo que los baldíos, tierras vacantes de posible aprovechamiento común, fueron atribuidos en un primer momento al rey. En este caso, cabe diferenciar entre comunales y baldíos, en tanto que los aprovechamientos vecinales de los baldíos se ven limitados por la concurrencia de derechos de terceros (el príncipe) y porque caben las enajenaciones a extraños lo que perturba claramente los aprovechamientos vecinales.

Basado en Estudio histórico jurídico sobre bienes comunes, de Margarita Serna Vallejo.